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DEL TRATADO DE RAPALLO 1922 AL PACTO GERMANO-SOVIETICO 1939

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DEL TRATADO DE RAPALLO (1922) AL PACTO GERMANO-SOVIETICO (1939)

José Muñoz Congost

Revista Ideas Nov-Dic 1983

En un boletín que se publica en Francia, órgano de los que fueron internados en África del Norte, y en su número 57 (julio-agosto-septiembre  83) leemos a propósito de una polémica encendida entre la derecha francesa patriótica y cerril y dicha asociación ciertas afirmaciones, contra las que nos insurgimos.

En esta nota, no nos inmiscuimos en la polémica citada.

Pero dice André Moine entre otras cosas:

“Recordemos en principio que el Pacto germano-soviético era un simple tratado de no agresión. Que se hizo inevitable para la URSS en razón de la traición de Múnich por las democracias occidentales en 1938 y la negativa de éstas a tratar de una defensa militar común desde el verano de 1939”…

Y a eso decimos: NO

 

Poco, bien poco se ha escrito sobre el Pacto entre la Unión Soviética y la Alemania hitleriana, firmado en Agosto de 1939 y cuyas primeras consecuencias pagó Polonia, invadida por el Este y el Oeste, por los nuevos aliados.

Poco, porque la voltereta nazi, invadiendo la URSS casi dos años después, en Junio de 1941 y la campaña rusa, paralela a la guerra en otros frentes, tendieron tupido y prudente velo sobre aquellos acontecimientos.

Porque la admiración hacia el heroísmo del pueblo ruso sirvió de niebla protectora a lo que pudo ser y no fue gestación laboriosa de otros pactos, de otras condiciones para el porvenir humano. Se ha pretendido presentar, después, aquel abrazo de los imperialismos de Moscú y Berlín como algo incidental y provisorio por parte de los primeros, y argumentando por sus apologistas, que fue solución transitoria destinada a evitar la ocupación completa de Polonia por las fuerzas alemanas.

Aunque tal hubiera sido, que no fue y la línea táctica del bolchevismo estalinista lo demostró, para los españoles en aquel entonces, comunistas y no comunistas, aquello apareció como una bofetada cínica, como un insulto a los miles de españoles y voluntarios extranjeros que en nuestro suelo se habían batido contra el fascismo, convencidos, unos más que otros, de la solidaridad hacia nuestra causa de aquella entonces, y aun hoy, calificada: “Patria del Proletariado”.

Las pocas voces que se alzaron en 1936-1939 denunciando lo que ya venía apareciendo como maniobra de estrategia internacional, encontraron a su alrededor el vacío creado por los falsos entusiasmos encendidos a través de una leyenda bien entretenida.

No es sin embargo, el objeto de estos comentarios analizar la serie de presiones descaradas que la mentada ayuda soviética ejerciera, sino el de exponer concisamente, que aquella actitud respondía a una política de planteamientos estratégicos extraños a nuestro combate y en los que España no vino a ser para la URSS otra cosa que un peón en la gigantesca partida de ajedrez entablada.

No se querían explicar, muchos entre todos, cómo y por qué razón, durante la guerra civil la URSS, que recibió bien el oro del Banco de España, se negó a aceptar como pago de los aprovisionamientos militares las potasas españolas, de mayor calidad que las que el bolchevismo venia importando de la Alemania nazi para su agricultura.

Se nos escapaban las razones, ya que tal decisión ayudando a la economía del pueblo español, quitaba al nazismo una fuente de divisas. Desconocíamos entonces los lazos estrechos que unían las economías de aquellos dos países y los créditos abiertos por la industria pesada de Hitler al régimen bolchevique.

Pasaron los años y hoy aquellos acontecimientos pertenecen a la Historia; esa Historia que aunque nos anda pisando los talones, parece ya tan vieja que fuera inútil el desempolvarla.

Los mitos, sin embargo, deben ser denunciados. Y los hechos cantan. Parten de las relaciones más o menos secretas entre ambas potencias (URSS y Alemania) del tratado de Rapallo en 1922. Gracias a él, Alemania escapaba en parte a las sanciones decididas en Versalles, formaba sus oficiales en Rusia y allí preparaba su aviación. La Unión Soviética servía de exutorio y laboratorio a la industria pesada alemana. Nada de extraña tal situación; al fin y a la postre, el Tratado de Versalles, corolario condenatorio para los vencidos, no era ni mucho menos ningún dechado de diplomacia pacifista, ni de propósito de olvidar faltas. No era otra cosa que un ¡VAE VICTIS! Rencoroso, del que lógicamente Alemania debía procurar escapar.

Pero después del triunfo hitleriano y de la implantación del régimen nacionalsocialista, lógica y políticamente las cosas deberían haber cambiado entre los dirigentes del Kremlin y Berlín. Por lo menos, para respetar la ortodoxia de una demagogia que se vendía bien a los cuatro vientos.

No fue así.

El 28 de Diciembre de 1933, diez meses después del incendio del Reichstag, Molotov declaraba: “La Unión Soviética no tiene ninguna razón para modificar su política al respecto de la Alemania nazi.”

Un día después, Litvinov, ministro de asuntos extranjeros confirmaba ante el Soviet Supremo: “Estamos unidos desde hace diez años a Alemania por lazos económicos y políticos estrechos..”

“Alemania ha retirado, como nosotros, enormes provechos de esas buenas relaciones..”

“Hemos renunciado a los derechos y ventajas que el Tratado de Versalles nos reservaba”… “Gracias a nuestras relaciones, Alemania ha podido hablar audazmente a sus vencedores de ayer. La URSS y Alemania no pueden más que ganar, si proseguimos así..”.

El 26 de Enero de 1934, delante del XVII Congreso del PC ruso, es Stalin quien afirma: “Cierto, andamos lejos de entusiasmarnos por el régimen fascista alemán. Pero ese fascismo no debe entrar en línea de discusión aquí, por la buena razón de que en Italia, por ejemplo, no ha impedido a la Unión Soviética establecer excelentes relaciones con aquel país…”

El 13 de Junio de 1934, Litvinov conferenciaba con el ministro de asuntos exteriores nazi, quien rehusaba el ofrecimiento de un pacto germano-soviético para Europa Oriental, insistiendo en que Moscú se vería obligado, en caso contrario, a reforzar su posición con alianzas militares al Oeste con el riesgo de poner el cerco a Alemania.

Y a finales del mismo mes, Stalin, en reunión extraordinaria del Politburó, para estudiar el desarrollo y las consecuencias de la primera depuración que Hitler realizaba en el seno del Partido nazi, insistía en sus propósitos: “Lejos de imaginarse que el régimen nazi saldrá debilitado de esta crisis interna, hay que creer en el reforzamiento del poder personal de Hitler. Hay pues que encontrar los medios de convencer a este hombre que sabe hacerse oír y respetar y al cual siguen la masa y los cuerpos oficiales, que todas las puertas siguen abiertas para una entente germano-soviética. Las maniobras nazis contra el bolchevismo solo son un trampolín para llegar al poder. No implican hostilidad determinada contra la URSS aunque sean los comunistas alemanes quienes paguen la factura…”

Radek escribía en IZVESTIA el 15 de Julio de 1934: “No hay razón para que el fascismo alemán y la Rusia Soviética no marchen juntas, de la misma manera que somos amigos de la Italia fascista.”

Y Litvinov en Noviembre del mismo año: “La URSS no ha cesado nunca de desear buenas relaciones con Alemania en todos los terrenos…”

El general Krivitsky que fue jefe de los servicios secretos soviéticos en Europa escribe en su libro “Agente de Stalin” que en una reunión en las oficinas de la Lubianka el 2 de Agosto de 1935, él mismo declaró: “¿Sabéis lo que el patrón ha dicho en la última reunión del Politburó? ¿Cómo podría Hitler hacernos la guerra ahora que nos ha concedido importantes créditos? Es imposible, los medios de negocios alemanes son demasiados importantes y están bien agarrados.”

En Septiembre de 1935, Radek escribía contestando a Krivitsky: “Habría que estar locos para imaginar que podríamos romper con Alemania. Lo que se escribe es una cosa, las realidades son otras… Solo gentes estúpidas pueden creer que nos volveremos contra Alemania bajo el pretexto de persecuciones contra los comunistas y los socialistas. No hay que olvidarse de nuestros intereses vitales…”

Escribe igualmente Krivitsky en el Saturday Post de Filadelfia en 1946 (La mano de Stalin sobre España) refiriéndose al comienzo de la intervención soviética en nuestro país: “Los esfuerzos de Stalin para conseguir un acuerdo con Hitler fracasaron siempre. El tratado entre alemanes, italianos y nipones negociado en Berlín le tenían sumamente preocupado…”

“Stalin intervino en España, con la idea de hacer de Madrid un vasallo del Kremlin. Para, de esa manera, obtener de un lado estrechas relaciones con Paris y Londres y por el otro reforzar su posición para un Tratado con Berlín y Roma..”

“Pero al revés que Mussolini, quiso jugar en España sin arriesgar nada. La intervención soviética pudo ser decisiva en muchos momentos si Stalin hubiese arriesgado del lado gubernamental lo que el fascismo del lado de Franco…”

“y no solo no arriesgó nada, sino que se aseguró con anterioridad de que había oro en el Banco de España suficiente para cubrir con creces el coste de la ayuda en material..”

Con todo ello, la decisión que no se tomó hasta Septiembre de 1936, fue de acción secreta “fuera del fuego de la artillería”.

Pero esta decisión no implicaba, de ninguna manera, que se iniciaba una política de enfrentamiento con el hitlerismo.

Al contrario, en Diciembre de 1936, el general Krivitsky recibía una orden emanada del Kremlin de cesar todas las actividades de sus servicios dirigidas contra Alemania.

Y en Abril de 1937, en plena tragedia española, David Randelaki aparecía en escena como portador, una vez más, de un proyecto de paz germano-soviético con un texto parecido al que sería aprobado en 1939.

Krivitsky termina así el último trabajo citado: “En 1938, Stalin se retiró gradualmente del circulo de acción de España. Todo lo que obtuvo en su aventura fue el oro español. No había podido conseguir su objetivo primordial, sacar la nave del Estado Soviético de su aislamiento entre las grandes potencias del mundo…”

Abril de 1939, la coalición Roma-Berlín-Burgos, ganaba la guerra de España… Abandonado de todos, democracias y socialismos, el pueblo español se declaraba vencido, no convencido.

La comedia de la guerra a ultranza de los comunistas en los últimos meses, sabiéndose huérfanos de toda asistencia por parte de la Gran Hermana del Norte, sabe hoy a amarga.

Agosto de 1939: cuatro meses después, Stalin lograba con sus propósitos reivindicar además uno de sus objetivos desde 1918: Recuperar una parte del territorio polaco. Al lado de Hitler.

Por lo que queda expuesto, informes que hemos sacado del trabajo “Les dessous de LÀlliance de Stalin avec Hitler” P.F. de Villemarest y N. Rutchenko. Historama, Marzo 1975, y “La mano de Stalin sobre España”, de The Saturday Evening Post de Filadelfia, 1946, se deduce, claro como agua de manantial:

…que las reticencias hacia un acercamiento entre las dos dictaduras, si existieron, lo fueron por parte de Hitler, no de Stalin: …

que el pacto germano-soviético de 1939 fue el colofón de una tendencia determinada desde 1933, y que sólo se estrellaba ante la negativa alemana;

…que si hubo circunstancialismo o decisión episódica y pasajera, lo fue por parte de Berlín, que lo demostró más tarde rompiendo así el pacto con la invasión; …

que la guerra de España entre 1936 y 1939 no fue para la Unión Soviética más que un incidente del que intentó aprovechar, sin perder una pluma, en aquella línea política.

Viejas cosas, pues, que convenía desempolvar y no por placer de hacerlo ni con pretensión alguna de herir sentimientos y convicciones sinceras, que pudieran existir, sino con la de desmitificar leyendas, que entre tantas otras, contribuyen a crear falsas imágenes de la historia vivida.

Sin juzgar ni enjuiciar hechos y acontecimientos posteriores, ni cargar a ningún pueblo con el estigma de sus regímenes políticos. Desempolvar archivos, denunciar regímenes y sistemas, pero nada más que regímenes y sistemas, en momentos determinados de la historia DE LOS GOBIERNOS y no de los pueblos.

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Anexo:  El Tratado de Rapallo (1922)

Tratado germano-ruso (Rapallo, 16 de abril de 1922)

El gobierno alemán, representado por el ministro del Reich doctor Walther Rathenau y el gobierno de la Federación de Repúblicas Socialistas Soviéticas Rusas, representado por el comisario del pueblo Chizcherin, han acordado las siguientes disposiciones:

Art. 1.° Ambos gobiernos convienen en que las relaciones entre Alemania y la F. de las R. S. S. sobre los problemas de la postguerra deben regularse por las siguientes bases:

a) Alemania y la F. de las R. S. S. renuncian mutuamente a la reparación de sus gastos y daños de guerra, es decir, a aquellos daños que hayan producido a ellos y a sus súbditos las medidas militares en el teatro de la guerra, incluyendo las requisiciones llevadas a cabo en país enemigo. Del mismo modo renuncian ambas partes a la indemnización de los daños civiles que a los súbditos de una parte hayan ocasionado las llamadas medidas excepcionales de guerra o las medidas de gobierno adoptadas por los órganos oficiales de la otra parte;

b) Se reglamentarán, conforme al principio de la reciprocidad, las relaciones jurídicas públicas y privadas, afectadas por el estado de guerra, incluso las cuestiones relativas al trato de los buques mercantes capturados por la otra parte.

c) Alemania y Rusia renuncian recíprocamente a la indemnización de los gastos hechos por ambas partes con los prisioneros de guerra. El gobierno alemán renuncia igualmente al reembolso de los gastos hechos por él para los soldados del ejército rojo internados en Alemania. A su vez el gobierno ruso renuncia a la devolución del producto de la venta hecha por Alemania del material militar, requisado y llevado a Alemania.

Art. 2.° Alemania renuncia a las reclamaciones que pudieran formularse contra Rusia por la aplicación anterior de las leyes y medidas de la F. de las R. S. S. a súbditos alemanes o a sus derechos privados o a los derechos de Alemania y de sus Estados y por las medidas dictadas por la F. de las R. S. S. o por un órgano suyo contra súbditos alemanes o contra sus derechos privados, suponiendo que el gobierno de la F. de las R. S. S. no acceda a reclamaciones análogas de otros Estados.

Art. 3.° Quedan restablecidas las relaciones diplomáticas y consulares entre Alemania y la F. de las R. S. S.

Un convenio especial reglamentara la admisión recíproca de los cónsules.

Art . 4 . ° Ambos gobiernos convienen también en aplicar el principio de nación más favorecida a la condición jurídica general de los nacionales de una parte en el territorio de la otra parte y a la reglamentación general de las relaciones comerciales y económicas entre ambas partes. El principio de nación más favorecida no se extiende a los privilegios y ventajas que la F. de las R. S. S. conceda a una republica soviética o a un Estado que anteriormente formaba parte del imperio ruso.

Art. 5.° Los dos gobiernos atenderán recíprocamente con toda la benevolencia posible a las necesidades económicas de ambos países. Ambos se inspirarán en este pensamiento al reglamentar este problema sobre una base internacional. El gobierno alemán se manifiesta dispuesto a apoyar, en cuanto le sea posible, los acuerdos hechos por firmas privadas que le sean comunicados y a facilitar su cumplimiento.

Art. 6.° Los artículos, 1º b y 4º de este tratado entrarán en vigor con la ratificación: las demás disposiciones de este tratado entrarán en vigor inmediatamente.

Hecho por duplicado en Rapallo el 16 de abril de 1922.

Fuente: https://www.dipublico.org/16352/tratado-germano-ruso-rapallo-16-de-abril-de-1923/


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