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FORO PARA EL DEBATE Y EL CONOCIMIENTO - ABREVIADO DE LO EXPUESTO SOBRE LA COMUNA DE PARIS 1871

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FORO PARA EL DEBATE Y EL CONOCIMIENTO

Abreviado de lo expuesto sobre: La Comuna de Paris 1871

(Tercer encuentro celebrado el 26 de Febrero 2018)


LA COMUNA DE PARÍS 1871: ACIERTOS Y FRACASOS

La Comuna de París de 1871 se refiere al gobierno socialista y popular que ejerció durante dos meses (18 de marzo 1871 hasta el 28 de mayo del mismo año). Sin embargo, las condiciones en la que fue creada y su cruel final la hacen uno de los más importantes episodios políticos de la historia de Francia. Por primera vez el proletariado fue capaz de derrocar el poder establecido, formar sus propios órganos de gobierno y reemplazar al estado monárquico- capitalista.


El 18 de marzo de 1871 estalló la insurrección: la Guardia Nacional y los obreros se apoderaron de la capital, provocando la huida del Gobierno.   Inmediatamente, y por sufragio universal, fue elegido un Consejo General de la Comuna de París, al que se confirió capacidad legislativa y de decisión. De él formaron parte obreros revolucionarios y burgueses de ideas radicales: anarquistas y socialistas, blanquistas y republicanos liberales.


Precedentes y causas principales de la Comuna

Revolución Francesa de 1789


Fin del estado absolutista con privilegios feudales, el llamado Antiguo Régimen. Los beneficiados por esta revolución fueron los burgueses que buscaban sobre todo la libertad económica y el desmantelamiento de los privilegios hereditarios de la nobleza que impedían el crecimiento de sus intereses económicos.


Las Revoluciones de 1830 y 1848


Tras la derrota de Napoleón en 1815 se creó una “Santa Alianza” entre las potencias monárquicas: Austria, Rusia y la nueva Francia de los restaurados Borbones. A la Iglesia le fue devuelto gran parte de su anterior poder. Como consecuencia, republicanos, unidos a obreros y estudiantes llevaron en Francia el peso de la Revolución de 1830. Carlos X huyó y se instauró una Monarquía Constitucional con Luis Felipe de Orleáns.

Los problemas sociales no sólo no se resolvían en Occidente, sino que aumentaban, a esto se unió el emergente nacionalismo de Europa Central y Oriental lo que se tradujo en una nueva oleada revolucionaria en toda Europa en 1848. En Francia se produjo la llamada Revolución de “Febrero” de 1848. Otra vez las disputas por el aumento del Censo entre Monarquía y reformadores, provocaron la huida de Luis Felipe y la proclamación de la República. Esto fue posible por el poder adquirido por los “Radicales” (republicanos sociales), republicanos-burgueses e incipientes socialistas.



Napoleón III y la guerra franco-alemana


Desde 1851 hasta 1870 Francia entró en guerra varias veces (Rusia, Austria, Italia, Méjico....) por su afán de demostrar el nuevo poderío de Francia. Sin embargo en 1870 declaró la guerra a la Prusia de Guillermo I y Bismarck, ante las intenciones de crear un Imperio Alemán y por la posible subida al trono de España de un Rey germano, lo que dejaría a Francia rodeada de enemigos.

La guerra fue un desastre para los franceses. En la Batalla de Sedán, prácticamente todo el ejército francés cayó prisionero de los Prusianos, incluido el Emperador. Francia estaba ocupada en parte por los Prusianos que se quedaron a las puertas de París, declarando la creación del Imperio Alemán en el propio Versalles. Francia se quedó sin gobierno, lo que provocó los acontecimientos de la Comuna de París.

Hoy en España y mañana en Francia


En 1864 el célebre revolucionario ruso Mijaíl Bakunin (1814-1876), evadido de Siberia dos años antes, toma los primeros contactos en Londres con miembros de la recién nacida Asociación Internacional de los Trabajadores.


En aquellos meses, el Pronunciamiento de Cádiz del 18 de septiembre de 1868 abre el periodo 1868-1874, llamado “sexenio democrático”, suscitando el inmediato entusiasmo en los ambientes progresistas europeos, sobre todo entre los franceses, donde la crisis de consensos de Napoleón III hace esperar que también a ese lado de los Pirineos se acerque una etapa republicana. Bakunin y la

Alianza piensan que es el momento de enviar una expedición de propaganda a España para constituir una sección de la Internacional sobre posiciones “aliancistas” y para llevar el movimiento de la causa nacional a la causa social.



En 1870, ante las intenciones de Napoleón III de iniciar la guerra con Prusia, los internacionalistas, como en general socialistas y republicanos, se orientan hacia posiciones antibélicas; de hecho se espera que la aventura militar acabe mal para el tirano de París, en vista de que hay constancia de que la guerra le sirve contra la oposición republicana que, tras casi veinte años de dictadura, está retomando ánimos y partidarios. Pero cuando el desastre militar francés asume proporciones tan graves como para presentir cercano el fin del Imperio, cambian las posiciones. Surge la idea de aprovecharse de esta situación no solo para echar a Bonaparte, sino también para lograr realizaciones sociales más relevantes. Uno de los primeros que intuye el cariz que están tomando los acontecimientos y llama al pueblo a la acción es Bakunin, que en agosto de 1870 escribe su Carta a un francés, en la que afirma que “las condiciones en que se encuentra actualmente Francia, ya no puede ser salvada con los medios regulares de la civilización, del Estado. No puede escapar a la decadencia a no ser por un esfuerzo supremo, por un inmenso movimiento convulsivo de la nación entera, por la sublevación del pueblo francés” La idea del revolucionario ruso es que si el pueblo no interviene, una paz entre la burguesía francesa y los ejércitos prusianos no dejará ningún espacio para la mejora de sus condiciones de vida. En sus escritos presagia lo que es a su parecer, la única solución incluso, desde el punto de vista militar, para no dar demasiadas oportunidades al despotismo representado por Prusia: “la sublevación espontánea, formidable y apasionada de las masas populares en todo el territorio de Francia”.


Esto explica por qué, tras la caída del Imperio el 4 de septiembre, quienes se oponían a la guerra se transformen en los más convencidos partidarios de su continuación: no se trata ya de defender el Imperio sino la recién nacida República, amenazada por enemigos internos y externos. Una tempestuosa nota de la sección internacionalista del Jura, bastión de la tendencia anarquista de la AIT, expresa claramente esta percepción, y testimonia que son los futuros componentes de la Internacional los primeros en movilizarse: “La Francia republicana representa la libertad de Europa, la Alemania monárquica representa el despotismo y la reacción. Es necesario que en todas partes se levanten los republicanos, y marchen en defensa de la República francesa. La causa de la República francesa es la de la Revolución europea, y ha llegado el momento de dar nuestra sangre para la liberación de los trabajadores y de la humanidad entera”.


Esto constituye sin duda una significativa diferencia respecto a los análisis de Marx, que en las dos directivas firmadas por el Consejo General de la AIT del 23 de julio y del 9 de septiembre parece hacer un llamamiento más que nada a los trabajadores alemanes. Se subraya que “del lado alemán, la guerra es una guerra de defensa, cualesquiera que sean las simpatías pretendidas con todo el derecho del mundo en una guerra de defensa contra la invasión bonapartista”. Al contrario, a los obreros franceses se les aconseja no hacer prácticamente nada, es decir “que con calma y resolución aprovechen la libertad republicana para proceder metódicamente a su propia organización de clase”. Marx parece no dar importancia al entusiasmo por la República que estaba movilizando al proletariado francés incluso sobre otros objetivos, y menosprecia la actitud de los franceses con su “vieja imagen de la santidad del término República”.


Los demás componentes de la Internacional acusarán a Marx, no sin razón de animar para la victoria alemana en una lucha que ya no era defensiva, al estar ya ocupadas Alsacia y Lorena, y casi alcanzada París, sino que servía para reforzar la hegemonía del Partido Obrero alemán, que representaba sus posiciones, mientras que quien se estaba moviendo concretamente en dirección revolucionaria era la clase obrera francesa. En cualquier caso, el análisis marxista se basa en un presupuesto como poco débil, es decir, que Bismarck quería hacer la guerra a Napoleón y no al pueblo. Por el contrario, estaba claro para todos en Francia, que el miedo a una revolución habría unido a todos los Estados contra sus potenciales autores. Al mismo tiempo, el pueblo francés en las grandes ciudades intenta organizarse para la defensa sin el aparato estatal, ahora ausente, y encuentra su dimensión en el municipio (comuna) elegido libre y libremente gestionado por los trabajadores.

En el otoño de 1870 en París, Lyon y Marsella “esta palabra –Comuna- las comunas libremente federadas, en lugar del Estado, se convirtió en el grito generalizado”.


La primera ciudad en la que los obreros se apoderan del ayuntamiento es Lyon, donde se ha precipitado Bakunin con la intención de hacer partir desde allí un movimiento revolucionario de las provincias, que en su análisis deben ser las primeras en movilizarse. Se proclama una Federación Revolucionaria de Comunas, cuyo primer punto programático reza: “la máquina administrativa y gubernamental del Estado, habiendo llegado a ser impotente, es abolida”.


En estos acontecimientos entra en juego la Guardia Nacional, cuerpo compuesto en gran parte por obreros con posiciones socialistas o republicanas, que tendrá un papel central en los acontecimientos sucesivos. Pero en Lyon algunos batallones que no se habían adherido a la protesta reocupan el Ayuntamiento y Bakunin, debe replegarse a Marsella, donde la Comuna no tendrá mejor suerte. También en París, la Guardia Nacional toma el Ayuntamiento, pero dos días después los  guardias móviles del general Trochu, gobernador de la ciudad, retoman las posiciones. Al mismo tiempo, la guerra continúa y comienza a delimitarse una neta contraposición de clase entre los obreros en armas de la Guardia Nacional, que quieren expulsar a los prusianos y defender así una libertad que para ellos es todavía teórica, y los republicanos burgueses, que ven necesaria la rendición ante el enemigo que asedia París. Esta situación es comentada por Bakunin: “Son tontos y canallas hasta un grado que supera la imaginación. El pueblo solo pide morir combatiendo a los prusianos a ultranza. Ellos, por el contrario, llaman a los prusianos desde el fondo de su corazón, en la esperanza de que los prusianos los salven del patriotismo del pueblo”.


Es la Guardia Nacional la que resiste en París gran parte del ataque prusiano durante el asedio, hasta que el 9 de enero de 1871 Jules Fabre, miembro republicano del gobierno provisional que rige formalmente la nación desde el 4 de septiembre, estipula la capitulación exigida por Bismarck. Este quiere tratar con un gobierno legítimo y pide que se elija una Asamblea Nacional, que se formará en febrero con una mayoría de diputados conservadores elegidos en las áreas rurales, hostiles a París y al movimiento obrero.


Tanto había sido el esfuerzo del movimiento obrero que la artillería comprada a través de una suscripción de la Guardia Nacional queda de su propiedad y es excluida del botín previsto en la rendición. Los cañones, con ocasión del desfile triunfal que los prusianos efectúan en los Campos Elíseos el primero de marzo, son trasladados a las alturas de los barrios obreros de Montmartre y Belleville, mientras que los guardias nacionales garantizan un cordón de seguridad que impide a los soldados prusianos entrar en contacto con la población parisina. Mientras tanto, la Asamblea Nacional presidida por Adolphe Thiers, a la que Émile Zola había comparado con una “cámara mortuoria”, se traslada de Burdeos a Versalles y debe enfrentarse con un problema más grave todavía: los trabajadores en armas. La Guardia Nacional cuenta en París con alrededor de 200.000 efectivos y no tiene intención ni de disolverse ni de entregar las armas, sino que procede a una opción jamás vista en un cuerpo militar: la libre elección de delegados en los diversos batallones, reunidos en un Comité Central, que representa lo que Benoît Malon define como una auténtica “Federación republicana”.

La contraofensiva de Thiers supone una declaración de guerra: en la noche del 17 al 18 de marzo algunos destacamentos del ejército irrumpen por sorpresa en los altos de Montmartre para apoderarse de la artillería de la Guardia Nacional. La rápida insurrección del pueblo parisino impide esta tentativa y desde ese momento la Guardia Nacional es de hecho la dueña de París. A subrayar que los choques con el ejército no son en esta ocasión particularmente cruentos, ya que la gran mayoría de los soldados frente a los obreros parisinos deserta y fraterniza con los guardias nacionales. Solo los generales Thomas y Lecomte, odiados por su papel en la represión de los anteriores movimientos populares, son conducidos a Montmartre y fusilados. Desde este punto de vista, Benoît Malon atestigua cuál sería la concepción del uso de la violencia y  de los fusilamientos en este Comité: “Nunca firmamos una sentencia de muerte; nunca la Guardia Nacional participó en la ejecución de un delito”.

El primer gesto del Comité Central en este momento es convocar elecciones al Consejo de la Comuna para transferir el poder a los representantes elegidos por el pueblo de París. Una de las críticas dirigidas a posteriori a la Comuna se refiere a su comportamiento un poco “tímido” en los primeros días, pues en vez de perseguir al enemigo en fuga desordenada hacia Versalles, se concentró en la propia organización. Malon justifica esto por la fuerte componente de espontaneidad del movimiento: “Era la clase obrera, sin guías y sin jefes reconocidos, la que había llegado al poder. Inexperta y generosa, no veía la situación en su terrible realidad. No pensaba que esos viles agresores, tras haber huido y haber sido vapuleados en su intento de guerra civil, volverían a la carga y buscarían, a precio de ríos de sangre, dominar París.

Se saludaba a la aurora de un mundo nuevo sin darse cuenta de que en el horizonte se acumulaban tempestades”. Están muy presentes los fantasmas históricos paralelos entre 1789, 1848 y 1871: si a la Revolución siguieron el Terror y el Imperio, y al 48 el golpe de Estado de Napoleón III, ahora el presagio era que en ausencia de una radicalización revolucionaria del movimiento se produciría ahora también una oleada reaccionaria sangrienta.


El 25 de marzo de 1871  las elecciones sirven para nombrar 90 consejeros en representación de los 20 distritos. Entre ellos, aparte de un porcentaje de moderados que se retiran casi enseguida, se constituyen tres grupos, formados por blanquistas, jacobinos y miembros de la Internacional que, con la aquiescencia del propio Engels son definidos como anarquistas. En realidad, se trata de un conglomerado un poco complejo, pero es indudable que la influencia de Proudhon, considerado como el padre espiritual del anarquismo francófono, ha sido determinante. Lo primero que hemos de subrayar es que en este momento en París los marxistas del Consejo General literalmente no tienen a nadie, ya que los internacionalistas locales tienen todos, posiciones libertarias y federalistas.


Entre tanto, la Comuna, que en su Declaración al pueblo francés del 19 de abril habla explícitamente de revolución, se concentra en una serie de realizaciones, entre ellas la corrección de los decretos con los que el gobierno ha llevado a la población parisina a la exasperación, como la conocida Ley de Vencimientos, que cancela la prórroga del pago de alquileres y de las deudas congeladas durante la guerra, arrojando a la desesperación no solo al proletariado sino también a gran parte de la pequeña burguesía. Se restaura el sueldo de la Guardia Nacional y las pensiones para las viudas y huérfanos de sus componentes. La Comuna dispone de poquísimo dinero, situación agravada por el hecho de que no se ha querido apoderar, como muchos hubieran deseado, del Banco de Francia.          Se restaura la libertad de prensa, que había sido suspendida por enésima vez; se promulga una amnistía y se abolen los consejos de guerra; se prohíbe el desahucio; se prohíbe el trabajo nocturno en las tahonas y se controlan los precios del mercado. Desde el punto de vista de la educación, se fomenta la formación profesional y se expulsa a los curas y monjas de las escuelas y hospitales. El clero ve cómo se confiscan formalmente sus bienes, pero es preciso subrayar, en honor de la idea libertaria de revolución que caracteriza esta experiencia, que nadie prohíbe el culto, así como la libertad de expresión, que se aplica incluso para los enemigos de la Comuna. El 1 de abril también queda abolido el título de capitán general, precisamente para evitar que surja un nuevo Napoleón o un nuevo Robespierre.


En las iglesias abandonadas encuentran su sede muchos de los clubs, expresión del clima de renovado debate ciudadano, que se constituyen en cada barrio, están compuestos mayoritariamente por obreros de oficio y toman posiciones a menudo más radicales respecto a las que toma oficialmente la Comuna. En este ámbito son muy activas también las mujeres, que no solo combaten por la defensa de París, sino que están en primera línea implicadas en construir la nueva  sociedad, como atestiguan las memorias de la más célebre anarquista francesa, Louisa Michel.


Una de estas iniciativas es un proyecto, que ha tenido poco tiempo para concretarse, de constituir cooperativas de producción. La Comuna también es activa en el ámbito cultural, encargando los museos al pintor Gustave Courbet y la Biblioteca Nacional de Francia a Élie Reclus. Un anarquista director de la Biblioteca Nacional. En la jornada del 21 de mayo, describió así la situación: “Es la más seria realización de la anarquía que un utopista haya podido jamás imaginar. Legalmente no tenemos gobierno, ni policías, ni magistrados, ni procesos, ni agentes judicia; los propietarios huyen en masa abandonando los inmuebles a los inquilinos, ya no hay soldados ni generales”. Reclus subraya que los ciudadanos de París, durante la Comuna, se sienten “los ciudadanos del mundo. Hablan en nombre de una Comuna, pero su Comuna procede de un ideal de Federación Universal.


La conflagración


Tras poco más de una semana, desde el 18 de marzo, los adversarios de la Comuna se organizan militarmente, y ésta es la señal que lanza a la Guardia Nacional al contra ataque el 3 de abril. Tres columnas se mueven en dirección a Versalles pero encuentran un ejército demasiado bien organizado como para ser derrotado en campo abierto. La guerra en este momento se convierte en defensiva por parte de la Comuna, mientras tanto, algunas iniciativas en provincias intentan romper el aislamiento del París revolucionario respecto al resto de Francia, netamente más conservadora: “Desde entonces, sin que hubiera un acuerdo previo, los obreros de las grandes ciudades francesas, animados por un mismo pensamiento, se dijeron que no había más que un medio de hacer frente al peligro: la iniciativa espontánea y libre de cada ciudad, de cada comuna libre de las trabas que ponía a su acción el gobierno”. Son Lyon y Marsella, una vez más, junto a centros más pequeños como Saint-Étienne y Narbona, los que se alzarán y proclamarán comunas según el modelo parisino; pero todo son intentos vencidos al poco tiempo, y la revolución de París se encuentra casi aislada.


También desde el punto de vista militar, la Comuna está defendida por la fuerte Guardia Nacional y por varios miles de voluntarios extranjeros. La entrada de los versalleses en París, no permite las posibilidades de organizar una contraofensiva según las tácticas militares normales, y entre los militantes de la comuna, la consigna es volverse cada uno a su barrio para organizar la defensa casa por casa. No se podía hacer otra cosa. Comienza así la que ha pasado tristemente a la Historia como semana sangrienta del 21 al 28 de mayo, cuando el pueblo de París se defendió literalmente casa por casa, pero el número de bajas nadie ha podido establecerlo con precisión. Los testimonios de los supervivientes son unánimes al describir la ferocidad de la soldadesca versallesa lanzada a la masacre indiscriminada de hombres, mujeres, ancianos y niños. El uso del terror por parte del ejército de Thiers fue sistemático, y si se valorara con criterios actuales se condenaría sin duda como “crimen contra la humanidad”.

RESUMEN


La Comuna representa un hito para el movimiento obrero en general y sobre todo para el anarquista en particular, ya que clarifica definitivamente una serie de argumentos.

Muchas cuestiones de táctica y de estrategia se clarifican en confrontación con los marxistas. El hecho de que la Comuna no organizara una ofensiva en los primeros días y que no tomara el Banco de Francia ha sido  presentado a menudo como una crítica marxista a los “proudhonianos”. Esto no es correcto, ya que este tipo de críticas se pueden encontrar también en los escritos de Bakunin y de Élisée Reclus. La diferencia está en la valoración de la idea de federalismo comunalista y por ello antiestatal asumida por los anarquistas, que los marxistas, ya encaminados hacia la conquista del Estado a través de la lucha política, parecen no llegar a comprender, limitándose a sostener que la clase obrera ha perdido por no haber tomado un partido (obviamente el suyo) que la dirigiese.


También estas vicisitudes contribuyen a la clarificación que en 1872 lleva a la Internacional federalista y antiautoritaria a la separación del Consejo General. Sostiene Guillaume que “mientras que cada uno de los miembros de las secciones de las montañas [Jura suizo] solo vivía para la vida de los heroicos parisinos, mientras que los hombres de acción en la Internacional concentraban toda su actividad y las fuerzas de su inteligencia en un solo objetivo, acudir en ayuda de la Comuna de París, Marx y sus seguidores sólo pensaban en servirse de las peripecias de ese drama gigantesco para la realización de sus cálculos. Pero, una vez proclamada la Comuna es clara su naturaleza, “la revolución de París es

Federalista. El federalismo, en el sentido que le da la Comuna de París, y que le dio hace muchos años el gran socialista Proudhon, que fue el primero en exponer científicamente la teoría, la federación, es ante todo la negación de la nación y del Estado”


Otros anarquistas como Kropotkin subrayan la espontaneidad del movimiento de la Comuna; Bakunin valora mucho el trabajo de propaganda y organización desarrollado por las secciones de la Internacional: “Si la  Comuna de París se mantiene hoy valientemente, es porque durante todo el asedio los obreros se han organizado con seriedad. No sin razón los periódicos burgueses acusan a la Internacional de haber producido ese magnífico levantamiento de París. Sí, digámoslo con orgullo, son nuestros hermanos los internacionales los que, con su trabajo perseverante, han organizado al pueblo de París y han hecho posible la Comuna. Por ello hace un llamamiento a la unión de los proletarios de París y de provincias como única solución a la crisis: “Vosotros, los obreros, solidariamente unidos con vuestros hermanos los trabajadores del mundo entero, heredáis hoy la gran misión de la emancipación de la humanidad.


La Comuna de París ha durado demasiado poco tiempo, y se ha visto demasiado obstaculizada en su desarrollo interior por la lucha mortal que ha tenido que sostener contra la reacción del gobierno de Versalles, para poder elaborar teóricamente, y menos aún aplicar, su programa socialista. Haría observar a algunos teóricos severos de la emancipación del proletariado, que son injustos con nuestros hermanos de París: porque, entre las teorías más justas y su puesta en práctica, hay una distancia inmensa que no se franquea en unos pocos días”. La última diferencia respecto a los severos teóricos es que los anarquistas por lo menos estaban, y lo han puesto en práctica.


Comentario de Louise Michel:


La revolución comunal inaugura una nueva era de política experimental, positiva y científica. Es el fin del viejo mundo gubernamental y clerical, del militarismo, del funcionarismo, de la explotación, del agiotismo, de los monopolios, de los privilegios a los cuales el proletariado debe su servidumbre y la patria sus desgracias y sus desastres.



Notas: Resumen sobre la Comuna de París basado en trabajos y comentarios de autores como:

Federico Ferretti, Elíe Reclus, M. Bakunin, Karl Marx, Piotr Kropotkin, J. Guillaume, B. Malon,

Élisée Reclus, A. Fierro, Louise Michel y otros.



Anexo informativo:

LAS CINCO REPÚBLICAS DE FRANCIA

"Cinco Repúblicas Francesas" son las diferentes etapas en la vida de Francia en que el gobierno republicano ha alternando con otros tipos de gobierno, como monarquías reales o imperiales.

En 1792, la caída de Luis XVI marcó el fin de la monarquía y fue proclamada la Primera República Francesa. La República duró un total de doce años, hasta el establecimiento del Primer Imperio Francés por parte de Napoleón Bonaparte en 1804.


La Segunda República Francesa fue el régimen político republicano instaurado en Francia durante el periodo comprendido entre el 25 de febrero de 1848 y el 2 de diciembre de 1852. Pese a su brevedad, se produjeron grandes reformas, que llevarían a implantar el sufragio universal masculino, así como la abolición definitiva de la esclavitud.


La Tercera República Francesa de 1870 al 10 de julio de 1940, cubre los gobiernos que rigieron Francia desde el fin del Segundo Imperio Francés hasta el establecimiento de la República de Vichy. Fue una democracia parlamentaria, que empezó el 4 de septiembre de 1870 al ser preso Napoleón III durante la Guerra Franco-Prusiana.


La Cuarta República Francesa se desarrolló en Francia entre 1946 y 1958. En muchos sentidos fue una reedición de la Tercera República, que existió antes de la Segunda Guerra Mundial y padeció muchos de los mismos problemas, como la breve duración de los gobiernos, que complicó el desarrollo de políticas públicas. Francia adoptó la Constitución de la IV República el 13 de octubre de 1946.


La Quinta República Francesa es el régimen republicano en vigor en Francia desde el 5 de octubre de 1958 hasta hoy.

CNT-AIT Puerto Real  - Biblioteca Anarquista “José Luis García Rúa”

Febrero 2018



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